Tú no eres tú

 

“‑¿Es usted Jorge Luís Borges?‑ pregunta el sorprendido transeúnte
al abordar por una calle de Buenos Aires al genial escritor.

‑A veces… ‑contesta‑ tan sólo a veces”.

Anécdota atribuida a J. L. Borges

El vecino del séptimo derecha es ese señor tan educado que, siempre con una sonrisa, sujeta la puerta del ascensor e invita con un gesto a pasar primero. Según la abuela, que le mira con buenos ojos, ella debería enseñar también al niño esas buenas formas.

El vecino del séptimo derecha suele coincidir a esa hora confusa en que acaba la tarde y comienza la noche con la señora del noveno izquierda: ella recoge a su hijo en el colegio desde que se ha afiliado a una organización de acogida, término que no entiende muy bien la abuela. La vecina del noveno izquierda es conocida en el vecindario por ser la única divorciada y, sobre todo, por las discusiones que mantiene con su anciana madre, una mujer huraña y chapada a la antigua.

El vecino del séptimo derecha vuelve a esa hora del trabajo, en la tienda que regentó su padre. Pulsa el botón con el número siete, después el nueve. Busca la mirada de la vecina que agradece con un gesto. Caras de circunstancias, respiración contenida y mirada al frente. El ascensor no es demasiado moderno y carece de puertas interiores. El ascensor se eleva: al niño le divierte el ascenso y sonríe, pegado a la falda de su madre.

Ven pasar el número que indica el piso primero con los ojos como hipnotizados por el hueco del silencio que, como una cuerda al tirar de ambos lados, se va poco a poco tensando. El vecino del séptimo derecha es muy conocido entre el vecindario por ser el presidente de la comunidad; también es el más antiguo propietario en el inmueble, a pesar de ser bastante joven. “Tiene buen gusto para las corbatas”, piensa la señora del noveno izquierda, aunque supone que las elige su mujer, que no tiene tan buen gusto. La vecina del noveno izquierda vive en régimen de alquiler en uno de los pisos que heredó el señor del séptimo derecha a la muerte de su padre. El niño, cogido de la mano de la madre, observa la cara del señor y su corbata.

El ascensor pasa el segundo piso. El niño continúa mirando, callado, hasta que, de repente, le espeta al vecino:

‑Tú no eres tú ‑con la dura transparencia de una ola de plata en la mirada. El silencio se ha quebrado un momento tras el que sólo queda el ruido de túnel del ascensor que sube.

Así hay bombas de espoleta retardada, minas de contacto, granadas o bombas de mortero, así hay frases que al ser lanzadas no sabemos cuándo van a estallar. La señora recrimina con una dura mirada y un fuerte apretón de mano al niño descarado; esboza una mueca de disculpa. Los ojos del niño siguen clavados en la mejilla del señor que no quiere mirar, no quiere… ver, y le da la espalda.

Podría haber sido ésta una de tantas frases que se oyen durante el día, sobre todo viniendo de un niño tan pequeño; pero hoy, el vecino del séptimo, buen padre de familia, trabajador honrado, recibe esa frase como bomba que estalla. Un dolor punzante en el costado le hace temer lo peor. Busca con nervioso disimulo unas pastillas en el interior del bolsillo y toma dos con aire de costumbre. Respira profundo.

‑¿Se encuentra usted bien?

‑Sí, sí, no se preocupe, es sólo un pequeño mareo. Tengo mucho trabajo por estas fechas ‑contesta, al tiempo que se afloja la corbata, sin percatarse de que las ventas de la ferretería no suelen oscilar con las estaciones, como ocurre con las floristerías.

‑Hijo, pide disculpas a este señor ‑pero el niño calla, frunce aún más el ceño y sigue mirándole.

Las guerras comienzan por un primer disparo y, a la larga, poco importa quién disparó primero. Caos gobierna: cascada de respuestas automáticas en soledad de mente parlante que, como herrumbrosa frontera, eriza alambradas: “soy adulto, soy marido, soy padre, soy jefe,…”

No sirven, hay frases torpederas y ésta es una; hay murallas tan débiles que hasta la más frágil luz las traspasa. El agua es el lastre del submarino a la deriva (peor si el agua es turbia), la angustia su condena, el metal su encerrona. El sumergible cierra ojos y boca como inútil estrategia de evasión ante una señora que regaña al niño testarudo.

“Sí, no soy yo…” habla para sí, mientras mira en el techo la débil luz de flúor “…y por eso me busco día a día en la verosímil irrealidad del periódico, en la mentira televisiva o en la realidad paralela del libro, también en la radio compañera. Me busco a tientas y a solas entre las cosas, aquellas que supongo serían los restos reconocibles de mi propio naufragio: la estilográfica con mis iniciales grabadas, mis zapatos, mi traje ¿a mi estilo?” ‑sonrisa escéptica‑ “… mejor diría al torrente de gustos sucesivos de mi madre, de mi padre, de mi novia, la que hoy es mi esposa, y de las hijas que elegirán pronto mi ropa entre las mejores rebajas”.

El vecino iza la cabeza y los ojos, como un ávido catalejo, buscando el pasar de los pisos. Cuando aparece el número cuatro, se seca el sudor de la frente y traga saliva con algo de alivio. Un sombrero con ojos y gafas miran dentro de un abrigo abierto con un agujero en forma de pieza de puzzle en el centro: el simbolito de aquel quitamanchas ha cruzado fugaz por su cabeza.

Recuerda, hacia el quinto piso: “corría aquel hombre del espejo para tomar el café que humeaba esa misma mañana en la cocina, con la urgencia que avisa que la vida no espera a los que se paran”. Recuerda, estirado y tenso cuando llega al sexto piso, “bajé por este mismo ascensor de ruidos opacos en busca de la calle y sus ruidos para montar en el coche”, y las palabras que le rescataron por unos momentos desde la radio: “Buenos días, habitantes de la ciudad perdida. Esta mañana os voy a dedicar esta canción-tristeza mientras vais al trabajo…”. Se ve a sí mismo, “en la pequeña oficina de la tienda buscándome en las caras de los empleados” aunque él ya sabe que “esos espejos con forma de cara devuelven deformadas las imágenes” y que “tampoco ahí, en el trabajo ajeno, se consigue nunca encontrar aquello que se fue en un punto de la vida que ya ni recordar puedo”.

El séptimo piso se aproxima y el vecino discurre ansioso, “la nada no mancha, tan sólo tapa de vacío lo que antes ya vacío estaba”. La señora, tan sólo acierta a extender su mano y acariciar suavemente la mejilla sudorosa del vecino que, en un acto inconsciente, recuesta su cabeza en esa mano y da un callado beso en la palma. Al instante reacciona y se separa.

Incómodo silencio de ascensor: momento en que la palabra se torna hacha, única arma útil contra una formalidad sin tuétano. Mirada al niño, ahora sí, con todo el odio de su reproche.

Han llegado al séptimo piso. Quedan unos pocos segundos por rellenar de palabras. Un apresurado “‑Disculpe, ya sabe, los niños” ‑de mujer confusa. Precipitadas preguntas: “‑¿Qué tal la familia?” ‑y del trabajo‑ “Veo que le va bien la tienda” ‑ cumplidos con gesto blando de despedida. Saludos huecos para su madre al cerrar la puerta del ascensor y un: “Está estupenda” que el vecino nota tan falso como amortiguado, cuando ya ve al niño que, retador, le sostiene la mirada mientras se eleva con el ascensor hacia el piso noveno.

El vecino del séptimo derecha, mientras busca las llaves de la puerta de su casa, aún tiene tiempo para acabar de recordar: “la vuelta del trabajo en el coche, de nuevo con la radio y la esperanza de dar conmigo mismo en algo o en alguien de la rutina de mi casa: el beso a la mujer, las preguntas por la oficina, la cena preparada, qué tal los niños…”, que preguntará cuando traspase esa puerta que espera ser abierta si acierta a encontrar las llaves, o la cama que espera, con sus acentos de verdad o esos besos de puntillas de los temidos niños ya dormidos. Y de nuevo “la cama, la cama, la máquina de la verdad donde la mujer tal vez reclame un cariño que sólo los niños saben ya dar porque yo ya lo olvidé”, o tal vez “mientras mire la tele, y ella querrá que la abrace, y yo, con rutina, pondré los brazos y el pecho, pero no el alma”.

“El día…” ‑concluye el vecino‑ “es un erizado atolón de hombres de coral, en mitad de mar cristalino donde miles de ojos niños lamen blandamente las playas”.

Cuando ha abierto la puerta blindada de la casa, el periódico bien doblado y esperándole en la entrada: un hongo atómico ha estallado en una isla del pacífico; lo toma, ojea la sección de Bolsa y deja el periódico en el salón.

‑Cariño, ya estoy en casa. Si vieras lo que me ha pasado en el ascensor ‑nota la piel de la cara tirante y esa tensión cutánea le recuerda el maquillaje del último carnaval cuando se disfrazó de… ya ni acuerda. Se detiene, vuelve hasta la puerta. Comprueba que la dejó entreabierta: portazo y encaja. Aquella extraña voz que se desató ya se calma con un último grito: “para lo mismo responder mañana”.

 

 

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